Infancia Robada: La Oscura Verdad Detrás de Nuestras Baterías de Litio

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Por: Abel Ureña
En el corazón de África, donde la tierra sangra cobalto y el cielo llora polvo, hay niños con manos pequeñas y sueños rotos. Son los olvidados, los invisibles, los que sostienen el peso del mundo moderno en sus hombros diminutos.
El Congo, tierra de riquezas que empobrece a su gente, es el escenario de esta tragedia moderna. Aquí, donde el cobalto brota más abundante que el agua, más de 40,000 niños se convierten en mineros antes de aprender a leer.
Sus manos, que deberían sostener juguetes y libros, en su lugar arrancan pedazos de futuro de las entrañas de la tierra.
Estos niños, vendedores de sueños a dos dólares y medio al día, son la moneda de cambio en un mercado donde la tecnología se compra con vidas. Marcas como Apple, Microsoft, Google, Dell y Tesla, cuyos nombres resuenan en los rincones más lejanos del planeta, brillan con una luz que se alimenta de la oscuridad del trabajo infantil.
Los túneles son estrechos, como las oportunidades de estos niños. Los derrumbes, tan comunes como los cumpleaños olvidados. Y mientras algunos mueren asfixiados, aplastados por la codicia que se disfraza de progreso, otros siguen cavando, porque la esperanza, aunque frágil, es lo último que se pierde.
La violencia del Congo no está confinada a sus fronteras; viaja con cada dispositivo que cargamos en nuestros bolsillos. Está en las llamadas que hacemos, en los mensajes que enviamos, en los autos que conducimos. Cada vez que deslizamos el dedo sobre una pantalla táctil, tocamos la vida de un niño que nunca conoceremos.
Ojalá haya tiempo para cambiar el final de esta historia. Ojalá podamos apoyar a aquellos que luchan por un Congo donde ser niño no sea sinónimo de ser minero.
Ojalá y podamos, cargar en nuestros bolsillos no solo dispositivos, sino también la responsabilidad de proteger la infancia y la dignidad humana.

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