Reflejos de Poder: El Eco de las Bestias

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Por: Abel A. Ureña.
Las yeguas, con sus crines al viento como estandartes de guerra, se lanzaban sobre la carne humana con una voracidad que helaba el alma. Sus dientes, afilados como cuchillos de carnicero, desgarraban la carne de los huesos, y sus pezuñas, duras como el hierro, pisoteaban sin piedad los restos de los caídos. No había misericordia en sus ojos, solo el reflejo de un mundo donde la compasión había sido devorada por la locura.
Eran el terror de Tracia, el oscuro secreto que se susurraba en las tabernas y en los mercados. Madres asustadas las usaban como cuentos para asustar a sus hijos, y los viajeros evitaban las tierras de Diomedes como si de la misma puerta del Hades se tratara. Y sin embargo, había una belleza terrible en ellas, una majestuosidad en su salvajismo, un recordatorio de que incluso en la más oscura de las criaturas, hay una chispa de lo divino.
Pero la justicia, esa vieja y sabia artesana, teje siempre su red, y las yeguas, instrumentos de la crueldad de Diomedes, se volvieron contra él. Como un espejo que refleja la imagen de quien lo mira, las yeguas mostraron a Diomedes su propio reflejo, y en un acto de retribución poética, lo devoraron, como él había enseñado a devorar a tantos otros. Fue un final apropiado para un rey que había alimentado la violencia, un recordatorio eterno de que aquellos que siembran vientos de barbarie, cosecharán tempestades de destrucción.
Esas bestias hace mucho tiempo que conviven entre nosotros, y Diomedes parece haberse multiplicado para ser devorado una y otra vez.
Bestias que con el tiempo aprendieron el arte de la simulación y el engaño. Con un mimetismo impresionante, se camuflaron como dirigentes políticos, aprendieron a caminar con la frente en alto, en las comodidades que genera el poder, una extraña fuerza reflexiva los llena para criticar y ver errores que no veían mientras pertenecían a ese pasado que hoy desdeñan, ahora bajan la mirada, mientras sus bolsillos se vuelven cada vez más pesados, sus ideales más ligeros.
Esas bestias, “dirigentes políticos”, que se alimentan de la corrupción partidaria y la compra de voluntades. Esas bestias que mancillan y golpean a esa dama llamada democracia, esas bestias que la desnudan cuando está vestida de esperanzas y sueños, esas bestias que la manchan y les dejan su ropaje desgarrado por las garras de la ambición. Sí, son las mismas bestias que cercenaron constantemente liderazgos nacientes generación tras generación, las mismas que robaban el trabajo de otros y lo exhibían como el suyo propio.
Esas bestias, allí donde han ido, ¿no están acaso preparando su propio festín de consecuencias?

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